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EL TIMON DE FORTUNA

 

             Habitualmente cuando se habla del marino, siempre aparece el mismo tópico recurrente; pertenece a una raza especial de hombres, indómitamente pendencieros, bebedores y mujeriegos, encasillados en un rol atávicamente inamovible.

    Pero los tiempos cambian y con la modernidad aparece otro tipo de marino no menos diestro, aunque quizás con intereses no tan materialistas como los de sus ancestros, un personaje que valora la solidaridad, la belleza, el medio ambiente.

    La mar es la misma para todos, solo cambia a los ojos con que se la mira.  Una naturaleza, al que las féminas, por derecho propio, están siendo atraídas  cada vez con más fuerza, en un mundo atávicamente coto restringido del machismo ancestral. Con ellas, su visión más abstracta y reflexiva de las cosas, se está favoreciendo un tímido cambio de mentalidad general, a una realidad palpable en la moderna navegación.

   De todas formas, el marino, sea hombre o mujer, ha de estar sujeto a unas reglas no escritas, cuya naturaleza marcada por un constante estado de alerta, tensión y alivio.

   El presente relato del lance acaecido en la regata Sotogrande – Martinica, es parte del guión, al que un patrón puede ser sometido en  momentos de tensión y que bien pudiera ser otro cualquiera, de los muchos que pueden darse en un elemento hostil como es la mar. Las dudas, las decepciones, los miedos, pueden incluso hacerte recurrir a ese “más allá” al que los marinos a lo largo de la historia náutica se han aferrado en momentos desesperados,

  

              El anuncio vía telefónica, por parte de nuestro routier, del encuentro con la cola de un frente frío para la zona de las islas Canarias, hacia las que navegamos, propicia que a bordo nos anticipemos a tomar las medidas de prevención oportunas, no siendo otras que montar el stay de trinqueta, para colocar una pequeña vela en proa y estibar internamente, lo poco que está fuera de lugar.      

   Así pues, una vez que el velero está listo para la eventual tormenta, la tripulación nos pertrechamos con los trajes para el mal tiempo y cenamos un poco temprano. Con la llegada de las primeras sombras de la noche, ya puede adivinarse el cambio inminente, el reflujo nuboso y las anomalías en la firmeza del viento son muestra inequívocas.

   Continuamos, según van contándonos desde tierra a través del teléfono satelital, la alternancia de posiciones en la cabeza de la clasificación, en la que estamos inmersos, será interesante como desafiemos, cada uno de los tres barcos el paso del aguacero, habrá que permanecer muy atentos, por que cuando las cosas se complican, las diferencias pueden ser grandes, a favor o en contra.

   Me gustan estos retos, aunque reconozco que no los afronto en el mejor de los momentos. Las dos últimas noches la fiebre me ha vuelto a subir, a causa de la gripe que he cogido nada más salir de Sotogrande, no he podido dormir a penas un total de cinco o seis horas en estos tres días, agudizándoseme ese estado de espesura mental, al que miserablemente parece que estoy comenzando a acostumbrarme.

   A las 21 horas la borrasca comienza a afectarnos progresivamente con una rolada del viento al Sureste y aumentando a dieciocho nudos, la tripulación no tarda en tomar un rizo a la mayor e izar la trinqueta en el estay volante, enrollando totalmente el génova.

   Con regular precisión, hora a hora, el viento continúa su progresión en intensidad y girando al Suroeste, la tranquilidad de la primera reducción de velas dura lo que el viento ha tardado en aumentar. El anemómetro antes de la media noche, ya alcanza dígitos de treinta nudos y el segundo rizo en la mayor no se ha hecho esperar.

   Una llamada, por el teléfono Iridium, a nuestro apoyo en tierra, para que confirme si hay alguna modificación en los últimos partes y saber a qué atenernos, por que el ventarrón ya supera con creces los treinta nudos. A pesar que nos ratifican las anteriores previsiones de los veinte anunciados, la realidad es bien distinta y más cuando algunas puntas rondan los cuarenta. 

    A pesar que la mar va creciendo progresivamente y algunas olas rompan sobre cubierta, navegamos rápidos. El rumbo, con el cambio de la dirección del viento, ya no es el directo que llevábamos a Fuerteventura pero seguimos ganando Sur.

   Son las dos de la mañana, cuando la fuerza del viento se estabiliza del Suroeste en torno a los treinta y cinco nudos, llueve a intervalos con cierta  intensidad. ¡Vaya con el débil frente que nos iba a sobrepasar!, es el comentario en boca de todos .

   - Bueno chicos, hay que aguantar el chubasco que no ha de ser muy largo. Comento, tratando de dar los ánimos que a mí me faltan.

 

      Cuando el viento sopla fuerte, sobre todo en noches como esta, oscura como boca de lobo, las sensaciones pueden llegar a ser de soledad, te das cuenta de lo pequeño que eres ante los elementos, pero en contrapartida, la experiencia del marino ha de compensar esas fuerzas desencadenadas de la naturaleza, no enfrentándote a ellas alocadamente, sino sobrellevándolas con oficio y dando la respuesta adecuada a cada momento.

   En situaciones como la que tenemos esta noche, siempre es la misma historia, cuidarse de costas y obstáculos a sotavento, navegar con el velamen apropiado, para que el barco mantenga una buena velocidad que permita superar las olas con soltura, negociarlas para evitar fuertes pantocazos y por último, paciencia, que como bien dice el saber popular, después de la tormenta llega la calma.

   Aquí estamos, tranquilos, con la costa a más de sesenta millas, seguros que en poco tiempo ha de comenzar a remitir la tormenta. Vaya, vaya con el frente de veinte nudos, que nos han predicho, menos mal que de la experiencia se aprende y hoy podemos afirmar que no nos han pillado de sorpresa, además que ha entrado bastante progresivamente y se ha podido ir amarinando el barco paso a paso.

   Con estos y otros pensamientos, trato de apaciguar mi embotado cerebro que no ha descansado lo suficiente en los tres días con sus noches, que llevamos de competición

    

      Son poco más de las tres de la mañana, el viento se mantiene o quizás ha remitido un poco, Aitor y Roberto han tomado el relevo a Guiller y Joakin, este, antes de recluirse en el calor del camarote, toma unas fotografías para dar fe de la noche de perros que estamos padeciendo.

   Por mi parte,  que sigo postrado y nuevamente con fiebre, a pesar de las dos aspirinas que los muchachos me han, casi, obligado a tomar, permanezco sin poder dormir, pendiente de las evoluciones de barco y tripulación. 

   Por un momento, con Aitor a la caña, que recién ha tomado el gobierno del velero, percibo de inmediato que se ha salido totalmente de rumbo, las velas  gualdrapean frenéticamente, pasan unos segundos y sigo notando el barco descontrolado, salto como un resorte del camarote.

   - ¡Aitor, que pasa!, ¿estás dormido todavía?, le increpo con firmeza, desde la cabina.

   - No se que ocurre, que no consigo llevar el rumbo, se disculpa, maniobrando  la rueda del timón patéticamente.

   - Vamos a ver, céntrate, mete caña a babor y espera un poco a que el barco evolucione, le digo.

   - Nada,  el barco no responde a la caña, insiste segundos después.

   Con impaciencia, me coloco el traje de aguas para salir a cubierta.

   - Haber, déjame, le digo mientras se hace a un lado para permitirme tomar personalmente el mando de gobierno.

   El barco se haya aproado al viento, cabeceando atropelladamente por la acción de las olas que han crecido de forma considerable en las últimas horas. Meto caña a babor y espero un momento.

   Se por experiencia, que cuando un barco se mantiene aproado al viento y parado, le cuesta bastante caer a una banda u otra, tienen que ser las olas quien le den el impulso necesario para que el viento incida en las velas y pueda maniobrar.

   Por un momento veo como la proa cae a una banda.

   - ¡Largar poco a poco la mayor!, grito para que me oigan por encima del fragor de la tormenta.

   Roberto, presto, fila escota de la mayor, la vela toma fuerza, incomprensiblemente, a pesar de que tengo la caña del timón metida a tope, el velero se va al lado contrario de donde pretendo.

   - ¡Que coño pasa!, vocifero, tratando de hacer la misma maniobra por la otra banda. Nada, es inútil el barco no endereza su rumbo errático. Me asalta la sospechosa angustia de habernos quedado sin dirección, para hacer la última comprobación pongo el motor en marcha, doy avante y el timón sigue sin responder.

   - Muchachos nos hemos quedado sin gobierno, les anuncio al observarme expectantes, mientras he estado maniobrando.

   Mando a Aitor ponerse a la caña, abro el tambucho de popa, que da acceso al mecanismo interno del timón, a la luz de la linterna no veo nada anormal, le pido que mueva la caña a un lado y al otro y todo va bien, incluso la mecha del timón sigue girando con normalidad al mover la rueda, es el momento que confirmo las peores sospechas.

   - ¡Hemos perdido la pala del timón!, les anuncio. Por un momento me quedo parado, mi cerebro bulle, no me lo puedo creer, siento como si fuera algo irreal, un sueño originado por la fiebre y el cansancio acumulado. No es verdad, esto no puede pasar en un barco nuevo, ahora me voy a despertar.

   -  Angel, ¿y ahora que hacemos?, oigo la voz de uno de mis tripulantes, no sabría decir quien ha sido, pero es la voz de alarma para que mi sentido común reaccione y mi cerebro se ponga a trabajar.

   -  ¡Joakin, Guiller! ¡Rápido a cubierta! ¡Hemos perdido el timón!, les llamo a gritos para que me oigan si ya se han quedado dormidos. Sin tardanza ambos se presentan en la bañera, veo en sus rostros el mismo gesto de incredulidad que debemos de tener los demás.

   -  Bueno, estamos sin pala de timón estoy seguro, he comprobado todos los elementos internos y están bien, así que fijo hemos perdido la pala, les digo.

   -   Podemos utilizar la caña de respeto ¿no?, preguntan.

   -   Si no tenemos el timón no sirve de nada la caña de respeto, respondo.

   -  Primero hay que arriar velas, ¡Vamos!, los cuatro se afanan arriando la trinqueta y después en bajar la vela mayor, transcurridos unos minutos está todo bastante bien recogido y el barco se mantiene al pairo, aceptablemente estable en medio de la marejada

   Mi cabeza entra en actividad frenética, pensando en la solución al atolladero, aún me cuesta creer lo que nos está pasando, una situación arto documentada que todo patrón la conoce, pero que nunca piensa le puede ocurrir a uno.

-       Hay que fabricar un timón que sustituya al que hemos perdido, a bordo  tenemos los elementos para fabricarlo así que no perdamos tiempo,

-       Aitor y Roberto, traed aquí el tangón del spi.

-       Joakin, en el cofre de repuestos hay una bolsa de plástico con cuatro abrazaderas grandes, vete a buscarlas.

-       Guiller, sube cabos y las llaves fijas del cajón de herramientas, para amarrar el tangón.

   Inmediatamente todos nos ponemos en acción. Personalmente desciendo al camarote de popa y retiro la tapa que cubre el cofre, donde va el tanque de aguas negras, es una plancha de estratificado marino de 16 milímetros, al que previsoramente, durante la preparación del barco, ya le había practicado los agujeros para las abrazaderas con las que acoplaremos el tangón, (nunca se me hubiera pasado por la cabeza, cuando preparé todo el sistema, que un día hubiera que utilizarlo) 

   De vuelta en bañera, con todos los elementos requeridos, nos ponemos manos a la obra, sujetamos el tablero al tangón con las abrazaderas, estas se resisten a entrar, al ser unos milímetros más estrechas.

   -   Guiller, sube el martillo

   No han pasado cinco segundos cuando lo tengo en la mano aporreando el tangón para abollarlo un poco, ahora las abrazaderas entran perfectamente, Joakin se encarga de apretar las tuercas y en pocos minutos ya tenemos fabricado el timón, todavía es cuestión de sujetarlo en la popa del barco.

   -   Hay que retirar la rueda de gobierno y amarrarla bien, e inmediatamente, en  segundos veo que se la llevan y la sujetan con cabos a cubierta

   Elegimos la escalera de baño como punto de apoyo, previamente, Joakin y Roberto sujetan con cabos la frágil estructura, la estabilidad del largo tangón, es precaria, por que, no olvidemos que estamos al garete, en medio de una fuerte marejada, la popa sube y baja con violencia y el improvisado timón soporta unos esfuerzos muy grandes.

   En los primeros momentos no tenemos muy claro como gobernar, cada uno da su opinión, es fundamental ante todo sujetar el tubo para que no suba y baje con las olas, todos nos afanamos al trabajo, cabos por aquí, reenvios por allá…

   Por un momento, como si conmigo no fuese lo que estoy viviendo, me detengo y observo a mis cuatro compañeros, un poco inquisitorialmente analizo a cada uno y me reconforta ver, como todos se esfuerzan por poner en marcha el barco, sin histerismos por parte de nadie. Me alegra contar con tripulantes competentes, se perfectamente que saldremos de ésta por nosotros mismos, sin ayuda exterior.

   Ponemos el motor en marcha, avante a pocas revoluciones, el barco evoluciona pero se hace difícil el gobierno, el brazo de palanca es demasiado grande, probamos con los dos winches de popa, nada, demasiado lentos para equilibrar los abatimientos que las olas producen. Se me ocurre utilizar la palanca de una bomba de achique, sujeta a la puntera del tangón, ahora tenemos un punto de sujeción, comenzamos a poner proa al Sur aunque con gran esfuerzo y una trayectoria muy irregular.

   Siento que las fuerzas me abandonan cuando declina la tensión, una vez que el Bahia las Islas comienza a navegar en la dirección deseada, me siento agotado, física y  mentalmente.

   Llamo por teléfono Iridium a los responsables de la organización de la regata,  pongo en conocimiento del percance sufrido, se interesan activamente si necesitamos ayuda, declino el ofrecimiento por que intentaremos llegar a Lanzarote por nuestros propios medios, de cualquier manera me facilitan la posición de los barcos que nos siguen y me anuncian que pasará el aviso por si precisamos asistencia, les doy encarecidamente las gracias, asegurándoles que permaneceremos en contacto telefónico y vía radio.

   Me acuesto de nuevo, esta vez en la cámara, presto a salir si se me necesita.  Intento sin conseguirlo, relajar el torbellino que bulle en mi cabeza, me asalta un gran pesimismo; adiós a la regata, adiós al sueño del Atlántico, a muchas ilusiones y dinero invertido, no soy creyente pero le pregunto al Altísimo: que hemos hecho mal, para merecer esto…

   -   ¡Angel, se ha roto la puntera del tangón!, me gritan desde la bañera

   De un salto, de nuevo subo a ver que ha pasado.

   -   Se ha desprendido el cabezal, por que está sujeto con solo cuatro tornillos, me dicen. Efectivamente sin el cabezal del tangón no podemos utilizar la palanca de la bomba.

   Sigo con la mente obtusa, hago un gran esfuerzo, pero no logro coordinar bien los esquemas mentales, creo que jamás me había costado tanto pensar y aclarar las ideas.

   -  Dejadme pensar, les digo, estoy tan falto de energías que me tumbo un momento en la misma bañera, para concentrar todo el esfuerzo en improvisar una solución.

   -   ¡Ya lo tengo!, exclamo, - ¡rápido, hay que agujerear el tangón!, traedme el taladro y en una de las cajas de herramientas hay brocas gruesas.

   Mi idea consiste en atravesar, con una de las palancas de la bombas de achique, el tubo del tangón, En un santiamén tengo a mano las herramientas que necesito, cuesta más soltar el timón de fortuna, entre Aitor, Joakin y Roberto desatan todo el artilugio y lo sujetan en la cubierta. Comienzo a taladrar el aluminio del tubo, con una broca de dieciocho milímetros, pero el transformador al que hemos enchufado el taladro no tiene fuerza suficiente para alimentarlo.

   -  Guiller, saca el grupo electrógeno, necesitamos más potencia. Al momento tenemos suficiente suministro de corriente para utilizar el taladro, la barra no entra, le faltan dos milímetros, los conseguimos a base de limar y con unos martillazos encaja perfectamente.

   Nuevamente a instalar el artilugio, pero enseguida nos damos cuenta que la posición de la palanca es incómoda de manejar.

   - Hay que hacer el agujero a noventa grados, vuelta a desmontar y de nuevo otro taladro, ahora hemos acertado, otra vez iniciamos ruta al Sur.

 

     

     De regreso a mi estado de postración tumbado en el asiento de la cámara, retornan los fantasmas que asaltan mi mente. ¿Por qué se ha roto el timón?, ¿no es tan fiable el barco como pensaba?, ¿Qué será lo próximo en romperse, si no hemos hecho más que empezar?

     Imposible serenar mi espíritu, percepciones incongruentes me asaltan, las irrealidades negativas de mi personalidad me están atrapando, me siento en las garras de la desesperación.

    Continuamente siguen torturando mi mente las mismas preguntas: ¿Por qué, mi buena estrella, se ha apagado de repente?, ¿Quizás mis principios se estén apartando del camino correcto? o ¿simplemente es una prueba más, de las muchas, que en mi vida he debido afrontar?

    No reniego de nada ni de nadie, no creo en las parafernalias religiosas tal como nos las han presentado e impuesto, tampoco me considero un agnóstico irreverente, por contra creo que estoy sujeto, como todos, a los designios del espíritu que llevamos dentro y del que pienso han resultado todos los estados morales y emocionales de las personas, desde el incuestionable líder, al más fanático acólito.

    En repetidas ocasiones me encuentro dando las gracias a ese espíritu cuando he tenido la suerte de cara, cuando incomprensiblemente una intuición me ha sacado de un aprieto, o alertado de un peligro. Me considero una persona agradecida y por supuesto, se agradecer las atenciones que mi personal espíritu me brinda.

    Pero en esta ocasión, poco puede ayudarme, todos los sueños rotos con ese timón, meses de preparaciones, de implicación de mucha gente, del duro golpe a las ilusiones de mis compañeros de aventura, que han tenido que hacer maravillas para conseguir en sus trabajos un mes largo de permiso.

    

       No se si finalmente me he quedado dormido o he permanecido sumido en un estado de catarsis vital con que eliminar las tensiones de todos estos días, pero han sido unas horas preciosas para mi recuperación.

    A media mañana, cuando salgo de la cabina veo caras serias, rostros cansados por la fatiga y la decepción, nervios a flor de piel, atrás ya ha quedado lo más fuerte de la inclemencia meteorológica, veo que los muchachos han hecho un buen trabajo, afirmando con más cabos el tangón a la escalera y con la caña de respeto se han inventado un brazo de palanca más fuerte, con lo que la precisión de gobierno es mucho mejor, El Bahía las Islas navega despacio, en torno a los cuatro nudos, pero rumbo a Canarias, Un rictus de triunfo aparece en mis labios al divisar Lanzarote, día y medio después.

    Gracias, acierto a decir bajito, en una mirada de soslayo por encima de mi  hombro derecho, perdiéndose el recuerdo de mi agradecimiento en las inmensidades de mi conciencia

 

 

EPÍLOGO

 

El final de la historia pertenece al mundo de los recuerdos, cuando, saltamos a tierra, eufóricos, veinticuatro días después de salir de Sotogrande, al otro lado del océano, en Martinica, habiendo logrado el objetivo con tenacidad, con perseverancia y quien sabe si también, con un poco de ayuda “divina”.


 

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