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LA DESAFORTUNADA TRAVESIA DEL SILLAGE

 

            A primeros del mes de Marzo de 2006, recién regresados de nuestra travesía atlántica, nuestros más jóvenes tripulantes, Nacho e Ingrid, anuncian que han comprado un barco, modelo Fantasía 27 en Rochefort, un puerto cercano a La Rochelle y me piden si puedo ayudarles a transportarlo hasta Bilbao.

      Quedamos que si para el 24 de Marzo, contando con que las condiciones meteorológicas  sean buenas, estaría dispuesto, Joaquín y Oscar también se apuntan, lo más granado de la tripulación del Bahía las Islas, para una travesía de 200 millas.

      Todo ese mes de Marzo, el Cantábrico  no estaba siendo ni sombra de lo que habitualmente acostumbra en esas fechas invernales, por lo que nuestro amigo Nacho ha ido adelantando la puesta a punto de su barquito y la semana anterior a la travesía lo ha trasladado al puertecito de San Denis d’Oleron con la idea de evitar que el 24 tengamos que esperar a la marea, cuando abran la esclusa y  poder salir  del recluido puerto de Rochefort.

      Las previsiones para ese fin de semana son favorables, así que allí vamos. Un amigo de Nacho nos lleva a los cuatro, en su coche, hasta San Denis.

      Acomodamos nuestro equipaje en el camarote de proa que no vamos a ocupar durante la travesía e inspeccionamos el barco, que consideramos en buenas condiciones, ya que conocía uno similar, comprado por un amigo el año pasado.

       Formalizado el despacho en capitanía, soltamos amarras a media tarde. Un vientecillo del NE no nos permite navegar cómodamente a vela, para alejarnos de los arrecifes que rodean toda la costa norte de la isla de Olerón lo hacemos a motor, la marejadilla provocada por el viento nos incomoda un poco pero nada a lo que no estemos acostumbrados.

      A la vista del faro de punta Chassiron abrimos rumbo suficiente para detener el motor de 9 caballos del Sillage, ahora si navegamos plácidamente impulsados por la brisa.

       Estamos dando un resguardo a la costa isleña de al menos una milla, los bajos fondos rocosos que abundan por toda ella son peligrosos, en algunos puntos con la bajamar afloran a la superficie. Las primeras sombras de la noche nos envuelven cuando navegando todavía con rumbo W tenemos el faro por el través de babor y para cuando ya enfilamos rumbo a Bilbao al 300º ya es noche cerrada.

      La potente linterna de Chassirón aún nos acompañará por la popa unas cuantas horas de navegación, el viento se mantiene del NE aunque ha aumentado un poco su intensidad y como no tenemos demasiada prisa y no conocemos el barco, decido tomar un rizo, la marejadilla en mar abierto ha subido a marejada y el Sillage navega cómodo por encima de los 5 nudos.

      A las 21h cenamos unos bocadillos, la oscuridad es casi total, un manto nuboso ha cubierto el cielo estrellado. Por popa se destaca la fosforescencia en las crestas de algunas olas y cada vez más lejos los destellos del faro de punta Chassiron. Continuamos los cuatro de tertulia, en la amplia bañera del barco, nos repartimos las guardias cada tres horas, de dos en dos, Joakin y Oscar harán la primera de 22 a 1 y Nacho (el armador) y Yo les relevaríamos hasta las 4.

       Poco después, me acomodado en la litera de la cámara, tratando de conciliar el sueño, rememoro los últimos meses de intensa navegación oceánica, los buenos y malos momentos pasados, sobre todo cuando perdimos el timón del Bahía, todo aquello parece perderse en la lejanía de la experiencia y la travesía presente la siento como una excursión de domingo.

       Cuando las imágenes consecuentes están a punto de pasar al grado de la inconsciencia, oigo la voz calmosa de Nacho.

     Angel, Angel, despierta, se ha roto el timón.

        En segundos recobro la consciencia y exclamo incrédulo

       ¡¡¿Cómo, que dices?!!

       Que se ha roto la pala del timón

El  juramento que suelto no es para escribirlo, salto de la litera y me visto en un santiamén.

       ¡No puede ser, dos veces en dos meses! Sigo con imprecaciones y me acerco a la popa donde Joaquín y Oscar iluminan con linternas, el timón exterior está sujeto por los herrajes, pero bajo el agua se encuentra seccionado, formando un ángulo de noventa grados.

       Rápido hay que recuperar el trozo partido, les digo

        Joakin y Oscar se afanan en arrancar la mitad de la pala que se encuentra unida por un fino laminado de fibra. Después de un ingrato trabajo por el movimiento descontrolado del barco, consiguen subir a bordo el pedazo roto, que ha partido a nivel de la línea de flotación.

        Recogemos el Génova y mantenemos la mayor a la línea de crujía para que dé un poco de estabilidad al barco.

        Analizamos la situación, no hay problema de momento porque estamos a más de 10 millas de la costa y el viento nos aleja de ella. Hemos de fabricar un timón de fortuna y pregunto a Nacho con que herramientas contamos, enseguida saca una caja en la que no hay más que un martillo, unas llaves fijas, una inglesa, unos alicates, destornilladores y poco más.

        La solución, acordándonos de la experiencia del Bahía, es hacer un remo con el tangón del spi y el trozo de pala recuperada, el problema es como la fijamos al tubo. Cada uno da sus ideas, pero yo, quizás más acostumbrado a manejar herramientas, propongo perforar el trozo de pala como si fuese un zurcido y con un cabo  amarrar al tubo del tangón, todos se preguntan como vamos a perforar la pala si no tenemos taladro.

        Examino con detenimiento lo que hay en la caja, por suerte veo unas brocas de varios tamaños, pido que busquen un cabo de menos de 8 mm, tomo un destornillador, el martillo y las brocas, la más grande es de 8, coloco la pala sobre mis piernas y comienzo a perforar a golpes la primera fila de agujeros, los voy agrandando con las brocas y con el primero terminado probamos que pase el cabo, este penetra sin dificultad, la operación es laboriosa a la luz de las linternas y la marejada a medida que avanza la noche ha disminuido un poco, pero ni nos percatamos de ello, hasta que tres horas después queda fija la pala al tangón.

       Parece que la unión ha quedado sólida, ahora es Joakin quien se encarga de fijarla a la popa con más cabos. Probamos a gobernar, abrimos mayor, y el Sillage poco a poco comienza a dirigir su proa al sur, una exclamación de júbilo devuelve la sonrisa a nuestros rostros, estamos navegando y se gobierna con soltura, se agradece el poco desplazamiento del barco, facilitando dirigirlo como si de una trainera se tratase.

       Desplegamos poco a poco el Génova, la velocidad aumenta sin verse comprometido el gobierno, mantenemos la atención, tomamos la posición, comprobando que no nos habíamos separado, apenas, del rumbo previsto en las cuatro horas desde que ocurrió el incidente.

       Ya más tranquilos retomamos las guardias, es importante descansar para poder afrontar con garantías si las cosas se complican, ya no podemos hacer nada más que pedir que la unión aguante.      

       La noche ha mejorado con el paso de las horas, las estrellas han aparecido en el firmamento y la luna que ha pasado, apenas hace tres días, por su fase de nueva, nos aporta una tenue luminosidad, el viento ha descendido a brisa y el oleaje queda en marejadilla, el Sillage avanza a cuatro nudos.

       La primera claridad del alba nos recuerda que estamos en invierno, teniendo que abrigarnos de la baja temperatura, las millas a la costa española se reducen hora a hora y nos encontramos satisfechos de que el timón funciona perfectamente.

       Un espléndido sol hace que el día sea especialmente luminoso, hemos largado el rizo para mejorar el andar del Sillage. A media mañana la brisa casi ha desaparecido y aunque nos sentimos confiados, tenemos prisa por arribar a puerto, ponemos el motor en marcha, que ya funciona constantemente salvo ligeros aumentos de la brisa que se ha establecido del este.

       En uno de los recalmones retiramos la pala para comprobar el estado de la fijación y nos felicitamos de que no se haya aflojado lo más mínimo con las horas que lleva trabajadas, abordo continúa la rutina de timonear y contar historias de pasadas navegaciones. El tiempo continúa estable y hacemos cábalas cuando llegaremos. Propongo que recalemos en el puerto de Zumaya en el que nos ahorraríamos unas cuantas millas, máxime cuando seguimos sin viento y no andamos sobrados de gasoil en el tanque, todos están de acuerdo en desviarnos a ese puerto, donde lo dejaríamos hasta hacer la reparación del timón y luego trasladar el barco ya en navegación dominguera.

        La nueva noche no aporta incidencia alguna, si bien el frío se ha hecho un poco más intenso pero las estrellas del firmamento nos acompañan brillantes.

        Antes de despuntar el alba los faros de Machichaco y de Higuer son visibles en la línea del horizonte, ya olemos la tierra, aunque el GPS en todo momento nos la ha indicado con precisión, 50, 40, 30 millas y con la amanecida divisamos la línea de costa en la lejanía.

        A medio día estamos a un par de millas de la bocana del puerto de Zumaya, las últimas horas han sido a vela y motor, por el terral que ha aparecido del SE, arriamos velas, llamamos a capitanía del puerto para que nos den un amarre en la cabecera del primer pantalán, explicamos nuestra precariedad de maniobra y sin problemas nos asignan cualquiera de los que están libres justo a la entrada.

       Cuando hacemos entrada, allí tenemos el comité de bienvenida formado por los amigos de nuestros tripulantes que han venido a esperarnos, una vez que se han enterado de la accidentada travesía y de paso llevarnos por carretera hasta Bilbao

 

                                                                      Zumaia   Marzo de 2006

 

     

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