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LA CUBA DE NUESTRAS AÑORANZAS JUVENILES

 

2010/12/20

Partimos de Port Antonio una tarde clara, cálida y sin nubes. Por delante algo más de cien millas, un paseito como quien dice, poco viento y mar tranquila. Previsiones de navegación que se van cumpliendo con la puntualidad de un reloj suizo, hasta que de amanecida, faltando un tercio para concluir nuestra singladura, con la sierra Maestra dejándose ver por encima del horizonte marino, una fuerte corriente en contra, unida a un moderado viento de proa, detiene nuestro avance del promedio que habíamos calculado.

Un poco resignados por el retraso de la arribada, nos la tomamos con la filosofía de que no tenemos prisa y nadie nos espera.

Tres horas más tarde de la mejor de las previsiones, hacemos entrada en el protegido puerto natural de Santiago de Cuba. A estribor el imponente castillo del Morro, firme baluarte defensivo, de la otrora importante plaza española de ultramar y que ahora solo se ofrece como mero atractivo turístico a los turistas ávidos de historia.

Nada más penetrar en la bahía, por radio, una llamada en inglés referente a nuestra arribada, es la capitanía de la marina Marlin de Santiago, lugar al que nos dirigimos, nos identificamos y nos dan la bienvenida.

 Llego advertido de lo meticuloso de las autoridades cubanas y sé que la arribada me la tengo que tomar con calma.

Esperando la llegada de las autoridades nos indican que fondeemos cerca de la marina, esta consiste en un par de espigones de hormigón, no demasiado lustrosos, en ellos media docena de veleros se mecen tranquilos.

Media hora después nos mandan atracar en el único lugar libre del muelle principal, cosa que hacemos de forma diligente con Carlos y Piedi listos con las amarras, nos recibe Norberto, la persona de la cual mi amigo Orestes me ha dado referencias, nos informa de que las diferentes autoridades están por llegar, pero como vemos que se retrasan y tenemos hambre preparo algo de comer, en estos casos como suele ser habitual, en cuanto nos sentamos a la mesa, es el momento para las interrupciones.

Primero llega una oficial sanitaria, con un cuestionario de que el barco está libre de enfermedades, que nos da opción a arriar la bandera amarilla e izar la cubana de que estamos sanos. Poco después tres agentes de aduanas con más papeles, seguidos de la policía de fronteras.

Como un rosario, una tras otras van pasando autoridades con sus respectivos documentos a rellenar y por los que en casi todos los casos hay que pagar, pero el momento más desagradable es cuando llega el agente antidrogas con un perro que husmea por los rincones del barco, sé que no llevamos nada extraño, pero como dice Norberto, no sería la primera vez que a alguien le han echado unas semillas de marihuana encima del barco y eso ya puede ser un problema serio.

No ha sido el caso y me quedo tranquilo. Siguen pasando otros agentes y en algo más de dos horas tenemos la documentación de entrada en regla y me alegro de que los pasaportes no los hayan sellado.

No tardo en ponerme en contacto con Eduardo, otro de los amigos de Orestes a su paso por Cuba. Enseguida viene a buscarnos con su Moscovich, un cochecito de la era rusa, medio destartalado, que no se sabe muy bien como funciona, pero que con él nos lleva a su casa, un antiguo palacete de principios del siglo pasado, donde vive con su esposa Elina, cuidando a la auténtica dueña de la casa, una casi centenaria señora, hija del segundo dueño de la finca, a la que parece ser que la revolución de los sesenta respetó la propiedad.

Pronto organizamos una paella para el mismo día. Eduardo nos presenta a Boris, un buen amigo ruso que lleva treinta años en Cuba, él se ocupará de llevarnos donde nos haga falta. Primero de compras, que aunque la cosa está "difícil" según los propios cubanos, encontramos de casi todo, aunque haya que pagarlo a precio europeo.

Las idas y venidas a la marina son costosas por lo lejana que se encuentra de la ciudad, encargando a Boris la función de taxista, que la gasolina también es a precio europeo.

Hemos entrado muy bien en esta familia, pronto podemos considerarnos como buenos amigos y nos sentimos contentos de cómo se nos ha recibido.

 La cosa cambia cuando opinamos sobre la maquinaria burócrata del país, nadie está contento ni satisfecho y menos nosotros cuando empezamos a descubrir la limitaciones, no solo de los cubanos, si no a nosotros mismos.

Primera prohibición, no podemos sacar nada del barco, hemos de andar a hurtadillas, por ejemplo con los utensilios para hacer la paella en casa de Eduardo, para que no nos vea el aduanero de turno y no tener que andar dando explicaciones.

Pero lo que más nos duele en nuestra libertad, es que no podemos utilizar el dinghy, nos han prohibido bajarlo del barco, quedándonos con un palmo de narices el poder desplazarnos por la bahía a playas o restaurantes donde llevan a los turistas de los tours. Esto nos  

supone un inconveniente importante y como no estamos dispuestos a quedarnos parados en este rincón de Santiago, decidimos movernos con el barco. Pero nueva sorpresa, hemos de pedir permiso a la capitanía y pagar la correspondiente tasa.

Esto ya empieza a superar nuestras expectativas negativamente de país amable con el turismo. Pedimos el correspondiente permiso, apoquinamos casi cuarenta euros por la navegación y al día siguiente, una espléndida mañana de domingo, cuando ha llegado el documento, salimos contentos, con viento suficiente para desplegar velas y navegar unas millas hacia el oeste. Largamos el ancla cerca de la costa, donde esperamos encontrar bonitos fondos llenos de vida. Por esta zona no hay calas donde meterse, pero la mar está en calma y no se necesita protección alguna

Nos sumergimos en unas aguas claras como no habíamos visto hasta ahora, pero sorprendentemente despobladas de peces más allá de un palmo, por mucho que hayamos recorrido las formaciones coralinas cercanas a la costa. Como dice Carlos, en el periodo especial de los años 90, los cubanos acabaron con todo lo que pudiera masticarse.

Volvemos de nuevo hacia la marina a vela, hasta que la brisa se esfuma, atracamos en nuestro amarre y de nuevo hay que solicitar a la comandancia la firma de nuestro arribo.

Al día siguiente, veinticuatro horas antes, de nuevo requerimos una salida, queremos ir a Siboney, pero nuestra indignación es manifiesta cuando nos niegan el permiso, aduciendo sin mucha consistencia, que por ese lado hay maniobras militares, sabemos que no es cierto porque hasta ahora no hemos visto ni una lancha militar.

Ya estamos más que hartos de la restrictiva burocracia cubana y en vista de que Eduardo no tiene inconveniente de quedarse con Rufino, decido sacarme un vuelo para irme con Carlos y Piedi para España, pasar las Navidades aquí, iba a ser deprimente.

Viajo a la Habana en coche con el amigo Boris, para empaparme de la Cuba interior un viaje de quince horas en el cual me hago una ligera idea de la Cuba rural.

Casi dos días por la Habana me ayudan a recordar de mi anterior visita hace quince años, las cosas han cambiado poco en la ciudad, solo un poco más la frustración de los cubanos.

Con la llegada de Carlos y Piedi, visitamos a unos amigos suyos hasta la hora de partir al aeropuerto y volar a España.

 Desde muy jóvenes, tanto a Carlos como para mi, el modelo cubano, tras la revolución socialista había sido un ideal con la que nos formamos en la idea de una sociedad mejor, donde todos tuviesen las mismas oportunidades y de hecho así fue, pero el mundo cambia de manera vertiginosa y hemos constatado, en la actualidad, por lo que hemos visto y por la gente con la que hemos hablado, que aquella utopía se ha vuelto en contra del pueblo cubano. Nadie, salvo algunos pocos nostálgicos, están contentos con lo que tienen, a pesar de ello,  lo llevan con resignación a la espera de un cambio que a buen seguro no se hará esperar.

Por nuestra parte, valorando únicamente lo que a nosotros atañe, mucho ha de gustarnos lo que disfrutemos en los cayos Jardines de la Reina, donde navegaremos a nuestro regreso, para que el Bahía las Islas vuelva a surcar aguas cubanas, al menos en los próximos años.

Las añoranzas juveniles se han visto frustradas una vez más y las realidades nos hacen ser prácticos en nuestro mundo, navegamos para ser libres como el viento.

 

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