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ADIOS A VENEZUELA Y SUS PARAISOS INSULARES

 

2010/11/06 Sábado

 A las siete de la mañana del día 21 de octubre, llevo a Begoña al aeropuerto, en la misma cola de facturación nos despedimos con un escueto abrazo, regreso al taxi que me espera, no quiero mirar atrás porque se que me dolerá su partida, no me gustan estas despedidas, son ingratas...

Vuelvo a mi mundo náutico con un vacío que me atenaza el estómago, me pongo inmediatamente en movimiento para ocuparme en un sin fin de quehaceres antes de la partida definitiva de Venezuela la semana próxima.

Al día siguiente continúo haciendo cosas pero sin demasiada continuidad, me pierdo en divagaciones y otros pensamientos más allá de la próxima realidad, me refugio en escribir diarios, pensamientos y crónicas, pero me cuesta hilvanar frases coherentes sin que afloren los recuerdos placenteros.

Los días pasan rápido, ya voy tomándome con más apego las tareas de la lista y el tiempo van cundiendo bastante alentadoramente.

Begoña ha llegado felizmente a su casa y me participa que también siente el vacío de unas maravillosas vacaciones pasadas.

 El día elegido para partir he de posponerlo porque la meteo está bastante confusa. De todos modos llevo los papeles a José para que me tramite la salida del país el fin de semana y poder estar preparado en el momento que tenga una ventana meteorológica razonablemente buena.

Tampoco es que no me importe esperar un poco, porque el martes 26 vienen de España Jose y Virginia y quiero despedirme de ellos antes de marchar, no tendremos muchas oportunidades de vernos de aquí en adelante

El jueves 28 se abre esa esperada ventana de cuatro días, antes de la llegada, relativamente cerca, a las costas venezolanas del Huracán Tomas, ya no dudo de que me voy ese día antes de que llegue. Cargo gasoil casi al cien por cien de la capacidad que tengo, en la clandestinidad de la noche, como si lo estuviéramos robando, porque los extranjeros no tenemos derecho a él, en los precios que se vende normalmente al público, 7 céntimos de euro el litro, vamos, casi regalado y claro, donde hay diferencias hay mercado negro, como con el dinero y otras cosas, en un país como este en el que todo es corrupción.

Y el jueves me despido de José y de algunas amistades que he ido haciendo. Jose y Virginia sueltan las amarras del Bahía, despidiéndome con un ”hasta Curaçao” y la recomendación de que use el arnés durante la travesía.

Son las once de la mañana, está soleado, sopla una brisa del norte, ideal para mi navegación.

Miro hacia atrás, han sido cuatro meses desde que arribé por primera vez, ahí queda un buen bagaje de experiencia muy positiva y sobre todo salgo del lugar donde se ha estado gestado una buena parte de mi futuro.

Me voy con el convencimiento de que volveré si las cosas no se ponen realmente malas, es un buen sitio para tomar como base, buenos accesos y barato. No me voy del país con un recuerdo especialmente sentimental, la gente no es demasiado hospitalaria, mucho mercantilismo, sumergida en una sociedad demasiado fracturada de ricos y pobres, donde por denominador común unos y otros rezuman ordinariez.

 Navego a buen ritmo hacia Borrachitos que alcanzo en poco más de una hora tras la partida, a partir de ahora mar abierto hasta Curaçao casi trescientas millas por delante.

Todavía no he conectado el piloto automático, disfruto llevando a la mano el timón del Bahía, navegamos a un descuartelar por encima de los 6 nudos, tomo sendos cuadernos, en uno para marcar la bitácora de la travesía y en el otro para escribir al momento las impresiones y el diario.

 En la tarde da gusto navegar, se mantiene la brisa en dirección e intensidad y la mar solo una ligera marejadilla, que no incordia la marcha alegre del Bahía.

Con el sol ya próximo al ocaso, veo por estribor, a bastante distancia un mercante, es el momento de conectar el piloto automático y encender en el ordenador el programa AIS con el que controlar el tráfico, de momento abundante, pero ninguno se inmiscuye en mi rumbo.

Este aparatito es una maravilla de la ciencia, con él controlo todos los mercantes en cuarenta millas a la redonda, me dice sus rumbos, sus velocidades, sus nombres y que tipo de barco son , así como sus dimensiones, vamos, toda la información que necesito para saber a que atenerme, además ellos también me están viendo a mi, lo que es una doble seguridad.

 Noche cerrada, a la distancia que me encuentro de quince millas, se ven por la costa venezolana resplandores de diferentes ciudades, puntitos luminosos de los innumerables pozos petrolíferos y las sempiternas tormentas eléctricas en el interior del continente, una justo en la popa, espero que no nos persiga.

Los mercantes son todos petroleros, se suceden como las cuentas de un rosario, pero están bien controlados, de momento no tengo a ninguno lo suficientemente cerca como para que extreme las precauciones. Estoy en medio de la ruta de salida del petroleo venezolano hacia el Oeste y no hay otra más corta para llegar a Curaçao.

Después de cenar, cuando el AIS no señala ningún buque en nuestra ruta, duermo intermiténtemente, ahora solo me preocupan los pesqueros que puedan estar trabajando en las proximidades del Farallón Centinela, generalmente hay pocos, pero en esa zona de bajos fondos seguro que encuentro alguno.

Tengo previsto llegar a la zona del Farallón sobre las dos de la madrugada, así que hay tiempo para echar un par de cabezadas.

La luna, en su fase de cuarto menguante, ha hecho su aparición por el este poco después de las 22h, aún da un buen resplandor y es grato navegar con esa penumbra.

Han pasado unos minutos de la media noche y he dormido una hora, cuando veo el primer destello del faro en el Farallón Centinela, lo tengo a varias millas por la amura de babor, le he dado bastante resguardo a ese peñasco en medio del mar, por seguridad.

En la proa distingo una lucecita, el AIS y me indica un mercante a 20 millas, así que la luz solo puede ser de un pesquero, le mantengo atención pero enseguida veo que navega hacia estribor nuestro, quedando libres y sin compromiso, de todas formas me mantengo alerta de uno y otro.

El petrolero viene a 14 nudos, en media hora tengo sus luces a la vista y en otra media hora pasa a una milla de distancia, por mi babor, veo en sus datos que se ha apartado unos grados del rumbo que traía para no comprometernos, ya que un velero, por pequeño que sea, en medio del mar tiene preferencia de paso ante cualquier gigante de acero, pero uno no se puede confiar, tengo conocimientos de muchos veleros arrollados por esos mastodontes .

El resto de la noche es bastante tranquila, ni un solo barco, parece como si todos se hubieran puesto de acuerdo en dejarme la noche tranquila, duermo de hora en hora como un bendito.

 Amanece un día bastante gris, no se ve el sol y el viento también ha aflojado, pero el GPS nos indica que mantenemos los 5 nudos de velocidad, la corriente del mar también ayuda.

La superficie marina, de un color pardusco, está bastante encrespada para el poco viento que hace, pensaba desplegar el espinaker, pero con el cabeceo del Bahía corro el riesgo de que la delicada vela se líe al estay, así que mejor me ahorro riesgos innecesarios y lo retiro de la proa, donde ya lo tenía desde ayer, dispuesto a su izada en cualquier momento.

Hoy la navegación ha cambiado totalmente con respecto al de ayer, se me está haciendo pesada, avanzamos despacio, con bastante movimiento, hace un calor incómodo, ni tan siquiera tengo hambre, pero he de alimentarme y preparo una ensalada y aunque ha salido tímidamente el sol, de momento la única alegría me llega en un mensaje, vía teléfono Iridium, de Begoña,

 Por la tarde, aunque la brisa ha hecho de nuevo aparición, me apetece estar tumbado en el camarote, desde el que vigilo de vez en cuando el horizonte, la brisa que entra por el tambucho me hace sentir bien.

El piloto automático sigue funcionando ininterrumpidamente desde la tarde anterior, me lleva un rumbo rectilíneo al punto que le he marcado en Curaçao y se pone el sol cuando ya faltan 75 millas a mi objetivo.

Ceno con un poco más fundamento que a medio día, sentado a la mesa, si el día ha sido anodino, la noche se presenta alentadora, se ha despejado el cielo, soplan 10 nudos por la aleta de estribor. Antes del ocaso he cambiado la maniobra a orejas de burro, con lo que la navegación es más tranquila y rápida, e incluso la mar se ha serenado bastante.

A cuatro millas me cruza por estribor rumbo a Margarita el crucero Grand Princess, todo un derroche de luces de esta micro-ciudad de diversión a flote para solaz de turistas, que diferente forma de navegar... también ya era hora de ver algo más que petroleros.

 Esta noche estrellada es buen momento para utilizar el buscador de estrellas, intentando recordar los nombres algunas nuevas de esta zona celestial poco conocida para mi, de todas formas no las hay muy llamativas, hasta que en una hora, vayan apareciendo, por el este, las aledañas a la gran constelación de Orion, ya se ven las Pléyades y Capella, así que no tardarán en ascender, desde el horizonte, otras más conocidas.

Por la amura de estribor se ve un resplandor que debe de pertenecer a la isla de Bonaire, en la que tenía intención de recalar, pero la sombra de Tomas, no me permite licencias.

Poco antes de media noche, he tenido que reducir la vela mayor de nuevo, ante una repentina subida del viento, provocada por un negro nubarrón, pero ha sido momentáneo, enseguida todo vuelve a la normalidad de la navegación placentera, de la mar bella y noche estrellada, aunque ya no vuelvo a izar toda la vela, voy bien de tiempo para llegar en hora a mi destino y más tranquilo por si se repite uno esos habituales fenómenos atmosféricos cuando duermo.

 A las dos de la mañana tengo que estar de nuevo atento, ya que el AIS señala un mercante a mi popa, justo en mi derrota, es el carguero La Paloma. A nueve millas ya veo sus luces y a cinco, compruebo en la pantalla que ha metido tres grados a babor para sobrepasarme por ese lado, cosa que hace a media milla, una hora más tarde.

 Amanece cuando me hayo a pocas millas de la pequeña islita de Klein Curaçao, pienso en acercarme a echarla un vistazo, me queda en la ruta a mi destino final. Preparo la maniobra para arriar velas, pero en la cercanía de la gran playa que hay a poniente, veo un incómodo oleaje y decido no detenerme

Vuelvo a ajustar las velas para recorrer las doce millas que aún restan para arribar a Spaanse Water en cuya protegida ensenada se encuentra la marina de Santa Bárbara, a la que me dirijo.

Cuando ya navego cercano a la costa sur de Curaçao, aparece a toda velocidad, una lancha guardacostas que se dirigen hacia mi, no tardan en abordarme dos agentes para comprobar mi documentación y hacer una inspección muy somera, hablan español, así que no hay problema, anotan mis datos y amablemente se van deseándome buena estancia.

 Me dirijo a la estrecha boca de entrada a Spaanse, arrio velas y a motor penetro por el estrecho y serpenteante pasillo que desemboca en un laagon lleno de marinas, villas y lugares de ocio, me dirijo a Santa Bárbara, a la derecha al fondo.

Desafortunadamente me notifican que hasta la semana próxima no pueden darme plaza, ya que hay previsión de que el huracán Tomas pase relativamente cerca y todo el mundo ha buscado refugio en las marinas, me quedo un poco indeciso y como se que la cosa no va a ser grave, busco una zona en el manglar donde se puede fondear con seguridad, no lejos de otro velero. Elijo el lugar sin prisas, doy una vuelta por los alrededores comprobando el fondo y largo el ancla en el centro del círculo que he sondado, aseguro bien las fundas y todo lo que el presumible viento pueda mover.

 Por internet compruebo que Tomas pasará a cien millas por el norte y que en esta zona los vientos previstos no superarán los veinticinco nudos, así que nada tiene porqué preocuparme, si sopla más duro, el Bahía las Islas tiene ancla y cadena bien sobredimensionadas y puede aguantar tranquilamente más del doble.

Pasa el fin de semana sin apenas cambios, más que una persistente calma chicha, que aprovecho para poner al día ciertos trabajillos retrasados. El lunes ya tengo plaza de amarre en la marina y esa misma noche entra Tomas, pero como estaba previsto con poca fuerza y mucha lluvia, que en pocas horas tal como ha venido se ha ido.

Mi primer huracán con el Bahía y la verdad que casi ni me he enterado, esperemos que siga la racha.

Ahora a esperar que el fin de semana lleguen Carlos, Piedi, Fermín y Lali y comenzar otra etapa en mi vida trashumante.

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